domingo, 24 de febrero de 2008

"Ya lo pensaré mañana" (I)

Escarlata O’Hara no tiene nunca tiempo para los remordimientos. Su única preocupación, aparte de lograr a Ashley, es salir adelante, no ser vencida por las penalidades, ni por la guerra, ni por el enemigo, conseguir el dinero suficiente para no pasar hambre nunca más.

A lo largo de la novela transgrede gran parte de las normas del código moral que le había sido inculcado desde niña, centrado en la total sumisión a su papel de esposa y madre y a las convenciones de la sociedad de la época. A esto iban dirigidos todos los esfuerzos de Ellen y Mammy, y tal vez hubieran tenido éxito de no romperse el idílico mundo del Sur con la guerra.

Escarlata es un ser pragmático, que desprecia la cultura que se enseñaba en las escuelas y dirige su talento en su propio interés. Pero en ocasiones, a solas, su conciencia ocupa el primer plano de sus pensamientos. Sólo sus pensamientos. M. Mitchell se cuida muy bien de que su protagonista delate de palabra su debilidad. Para todos los que la rodean, Escarlata es el “ahora quiero”. Es cierto, busca su bienestar y no se preocupa del momento siguiente, o al menos así lo parece.

Pero la escritora, que está presente en el relato de forma omnisciente, conoce las interioridades de sus personajes y sabiamente nos hace partícipes de sus pensamientos. Sólo los lectores conocen el punto débil de Escarlata: su incapacidad para la autocrítica.

Y esta característica, este rasgo distintivo del personaje se plasma en una frase: “Ya lo pensaré mañana”, que, con diversas variantes, aparece en cerca de 40 ocasiones a lo largo de la novela como pensamiento o afirmación de Escarlata O’Hara.

La muletilla de Escarlata no encuentra eco equiparable en los demás personajes. A lo sumo, Rhett repite en un par de oportunidades su afirmación de que “no es un caballero” o que “ambos somos iguales, querida”, pero no alcanzan la insistencia de la renuencia de Escarlata a enfrentarse con la realidad, que se convierte en un rasgo inherente a la joven.

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